jueves, noviembre 12, 2009

Horrie, el héroe australiano

En 1941, el soldado australiano Jim Moody se encontraba sirviendo a su país en la Segunda Guerra Mundial, y mientras estuvo emplazado en Egipto, encontró un cachorro terrier abandonado en el desierto occidental al que decidió adoptarlo y le puso el nombre de "Horrie".
El perro se convirtió enseguida en la mascota del 2/1 batallón de artillería y en su fiel guardián, acompañando a los soldados a través de Grecia, Creta, Palestina y Siria.

Horrie dentro de un tanque en Siria

Desde que fue adoptado, Horrie demostró ser un perro muy inteligente y fácil de entrenar; de hecho gracias a su gran sentido auditivo, aprendió a alertar a su batallón cuando se avecinaba algún ataque de la aviación enemiga con sus fuertes aullidos.
La mascota en su vida militar sobrevivió al hundimiento de un barco, casi murió aplastado entre dos botes salvavidas, fue herido por una esquirla de bomba en Creta y sufrió junto a sus compañeros del intenso invierno en Siria. Por sus servicios prestados, Horrie fue ascendido a cabo primero del ejército australiano.

Uniformado y montando guardia fuera del campamento, en Siria


En un descanso con sus compañeros de batallón

Cuando a Jim Moodey le informaron que debía regresar a Australia, el soldado decidió llevarse a Horrie a su país y consiguió ingresarlo de contrabando escondido en una mochila, a sabiendas que las leyes de cuarentena australianas siempre han sido demasiado escritas y que no le permitirían el ingreso al perro.
Tres años más tarde, las autoridades australianas se enteraron de la presencia del perro en su país y le comunicaron a su dueño que el animal había sido condenado a morir bajo la Norma 50 de la Ley de Cuarentena.

Orden de decomiso de Horrie

Jim escribió una carta al Departamento de Higiene pidiendo el indulto del animal, explicando que Horrie fue chequeado por un veterinario en Tel Aviv antes de ser llevado a Australia y que el can fue declarado sano. También apeló al cariño que llegó a sentir por el animal, debido al compañerismo y valentía demostrado por el perro en el frente de combate, y que además había sido condecorado por el ejército australiano.
Ningún argumento de Jim Moody fue válido para el Departamento de Higiene y el 12 de marzo de 1945, Horrie fue decomisado y asesinado de un balazo por las autoridades sanitarias.


La opinión pública y los medios de comunicación que conocieron la historia de Horrie, se indignaron al saber de la noticia y reclamaron airados a las autoridades australianas de Cuarentena. La gente escribió muchas cartas de condena y durante años llevaron ofrendas florales a una tumba vacía que se erigió en su honor en el cementerio de Sídney. En este sitio podemos leer una de las tantas misivas de rechazo que los ciudadanos enviaron a la Dirección de Higiene.

Pero la historia no termina aquí, aunque se demoró casi 60 años en tener un final feliz. Y como todos sabemos, más vale tarde que nunca, a finales de 2003 por medio de sus descendientes se supo que el soldado Moody burló a las autoridades sanitarias presentando -para ser sacrificado- a un perro callejero que compró por cinco chelines y lo hizo pasar por Horrie, logrando así que su mascota viviera su lado muchos años más.
El buen perro pasó el resto de su vida en una propiedad de Jim cerca del poblado de Corryong, en el norte australiano.

Muchas veces las leyes y normas de una sociedad son tan cerradas, que no queda otra alternativa que pasarlas por alto, y eso exactamente fue lo que hizo el soldado Jim Moody, para quien fue más importante la vida de su fiel compañero que las absurdas reglas de la sociedad.
La gratitud del soldado australiano hacia el perro que muchas veces resguardó la vida de su batallón alertándolos de los bombardeos enemigos, fue la que esta vez salvó la vida del noble animal.

Fuentes:
Cas.awm, Australian War Memorial, Ourcivilisation, y gracias a Georgells por la historia.

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lunes, noviembre 09, 2009

La hermana de Hitler

Luego del suicidio de Adolf Hitler, los servicios de inteligencia norteamericana detuvieron para investigar a una tal Paula Wolff, ex secretaria de un hospital y que a finales de la Segunda Guerra Mundial se había trasladado a vivir anónimamente a un pequeño hostal en el pueblo de Berchtesgaden.
La detención dio sus frutos. Efectivamente, aquella anónima mujer resultó ser Paula Hitler, quien luego de los interrogatorios realizados por los norteamericanos arrojó más luces acerca de la infancia del temible dictador.

Alois Hitler

Paula Hitler nació en Hartfeld, Austria en 1896. Ella y Adolf fueron los únicos sobrevivientes de cinco hermanos ya que dos murieron de difteria y uno falleció poco después de nacer.
Paula apenas tenía seis años y Adolf trece cuando su padre Alois Hitler murió después de sufrir un derrame pleural, mientras Klara, su madre, tuvo que encargarse sola de la crianza de ambos niños.

Klara Hitler

“Mi hermano y yo pasábamos muy poco tiempo juntos, debido a la diferencia de edad. Él nunca me vio como una compañera de juegos. Recuerdo que le encantaba jugar a los policías y ladrones y esas cosas…
Él asistió al internado de la Realschule de Estiria, y sólo pasaba sus vacaciones en casa. La muerte de mi madre nos dejó una profunda impresión a ambos, especialmente a Adolf que era muy apegado a ella. Nuestra madre murió en 1907 y mi hermano nunca más volvió a casa después de su muerte”


Adolf en el centro, con sus compañeros del internado en 1900

Desde que Adolf Hitler dejó la casa materna en 1908, Paula no lo volvería a ver hasta 1921, oportunidad que aprovechó para reprocharle su ausencia todos estos años. Le reclamaba el hecho de que su situación afectiva y subsistencia económica le hubiese sido más fácil de llevar, si hubiera sabido que aún contaba con un hermano que la podría ayudar.

“Mi hermano llegó a Viena en 1921 con el propósito expreso de verme. Yo no lo reconocí en primera instancia cuando entró a la casa. Estaba tan sorprendida que lo único que hacía era mirarlo. Era como si un hermano me hubiese caído del cielo. De todas formas, yo ya estaba acostumbrada a estar sola en el mundo. Fue un momento muy bonito. Lo que más me gustó fue que él me llevó de compras. Todas las mujeres amamos ir de compras.”

Retrato de Paula

Un año después de su visita de 1921, volvió a verlo, y fueron juntos a visitar la tumba de sus padres cerca de Linz. Lo vió nuevamente en Münich en 1923, tiempo antes del fallido golpe de estado de noviembre; en esta ocasión, Paula dijo no haber notado ningún cambio en la forma habitual de ser de su hermano.

“A partir de 1929 lo veía sólo una vez al año hasta 1941. Nos reunimos una vez en Munich, una vez en Berlín, y otra vez en Viena. Su rápido ascenso en la escena mundial me preocupaba. Sinceramente, yo hubiese preferido que alcance su ambición original de convertirse en un gran arquitecto. El mundo se hubiera salvado de tantos problemas.
Mi hermano no siguió ninguna dieta especial en su juventud. Nuestra madre jamás lo habría permitido. Nunca se preocupó demasiado por la carne. Supongo que más tarde se convirtió en vegetariano debido a su dolencia de estómago.”

Paula solía escribir a Adolf por su cumpleaños, le enviaba cartas de felicitación, a la cuales Hitler respondía con una nota corta de agradecimiento, acompañándolas de un paquete con presentes que él a su vez él había recibido como regalo de otras personas, como jamón español, caramelos o galletas.
Durante los Juegos Olímpicos de Garmisch, Hitler le sugirió a Paula que se cambie de nombre explicándole que quería que se mantuviera alejada y de incógnito bajo el apellido "Wolff", y que si quería, podía conservar el nombre ‘Paula’. Ella accedió al pedido de su hermano, y de esta manera, su nuevo pasaporte fue expedido como "Paula Wolff", pero con una fecha errónea de nacimiento, pues figuraba como nacida el día 12 de noviembre de 1896 cuando en realidad había nacido en enero de ese año.

"Yo perdí mi trabajo en una compañía de seguros de Viena en 1930 cuando se supo quién era mi hermano. Desde ese momento él me dio una pensión mensual de 250 chelines. Después de la anexión con Austria y el cambio de moneda, me daba 250 marcos"

En 1940 se trasladó a Berlín para visitarlo, sin embargo nunca estuvo bajo la observación de la Sicherheitsdienst -seguridad de las SS-, de hecho siempre pudo moverse libremente. La policía judicial llegó una vez a controlar a los huéspedes del hotel donde ella estaba hospedada en Munich, durante la visita de Mussolini. Aún no sabían que Paula era "la señora Wolff".

“Soy una católica convencida. Mi hermano también era católico, y no creo que se haya salido de la iglesia. No estoy segura de eso.
Los últimos años yo trabajé como secretaria en un hospital. Mi hermano lo sabía. Aunque no le gustaba eso, estaba orgulloso de que yo hubiera conseguido ese trabajo por mí misma. Tuve que renunciar más adelante, porque mi salud estaba deteriorada”

Hasta las últimas semanas de la guerra, Paula Hitler vivió en Viena, donde fue detenida por los agentes de Inteligencia de EE.UU. en mayo de 1945. Durante los interrogatorios insistió en que a su hermano le afectó profundamente la muerte de su madre, que eso quizá lo desequilibró. Después de romper en lágrimas, dijo: Por favor, recuerde, fue mi hermano.

"El destino personal de Adolf me afectó mucho. Al fin y al cabo era mi hermano, no importa lo que pasó. Su trágico final trajo un sufrimiento indescriptible para mí, como hermana..."
(En este punto Paula rompió en llanto, el interrogatorio había terminado)


Paula fue liberada y regresó a Viena a trabajar de dependienta en una tienda de artesanías. A inicios de diciembre de 1952 se mudó a un apartamento cerca de Berchtesgaden, en la frontera entre Alemania y Austria, donde vivió recluida con el apellido Wolff hasta su muerte el 1º de junio de 1960.
La copia original de este documento ya desclasificado, se guarda en la Biblioteca Eisenhower y podemos verla aquí, donde claramente se aprecia que llevaba el sello de Restringido.
Paula Hitler, nunca tuvo hijos ni se casó. Está enterrada en Berchtesgaden, como el único miembro de la familia inmediata en llevar el apellido Hitler en su tumba.
Aquí vemos otro caso donde el peso de un apellido es determinante en la vida de una persona, aunque ésta se mantenga al margen de sus actos.

Fuentes:
Oradour, Auschwitz, Wikipedia, Eisenhower Library

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sábado, noviembre 07, 2009

El Réquiem de Mozart

Cierto día, un hombre alto, flaco y de lúgubre apariencia que rehusó a identificarse, se presentó en la casa de Mozart y le entregó una carta, en la cual una persona de alto rango le pedía que compusiera, en el plazo de un mes y por el precio que el mismo músico debía fijar, una misa de Réquiem a la memoria de un amigo fallecido. La única condición que exigía en la carta era que nunca, bajo ninguna circunstancia, intentaría el compositor averiguar la identidad de quien pagaba por su trabajo.
Hace poco tiempo había muerto el padre de Mozart, y este se encontraba en un estado de gran depresión nerviosa, agotado por el trabajo excesivo, enfermo y cargado de deudas. Contempló al mensajero y llegó a pensar que era la muerte que lo visitaba personalmente.
Debido a su vinculación con la francmasonería, el músico era especialmente sensible a lo sobrenatural y esta visita lo inquietó mucho.
-"¿Habrá llegado mi hora? ¿Será que moriré a los treinta y cinco años de edad?"
-Tenga la amabilidad de decirme el precio, señor. -La voz del desconocido le sonó a Mozart como si viniese de ultratumba-
Mozart sabía que el precio sería su propia vida, estaba convencido de eso.
Aparte de la crisis nerviosa que lo agobiaba, el gran músico se encontraba con las deudas hasta el cuello y necesitaba el dinero desesperadamente. Debía al tendero, debía en la taberna y debía al casero. También soñaba con enviar a su amada Constanze a la ciudad de Baden, hace tiempo que ella necesitaba unas vacaciones.
En un momento de lucidez se dio cuenta de que estaba fatigado, exhausto y que veía fantasmas donde no había.
Dirigiéndose al visitante, dijo con voz firme:
-El precio de la obra será de cincuenta ducados y necesitaré un mes para terminarla.
El desconocido aceptó y abriendo una pequeña bolsa de cuero, contó el dinero sobre la mesa. Luego se dirigió lentamente a la puerta, prometió volver en el tiempo estipulado y desapareció.

Transcurrió el mes y Mozart no había terminado el encargo. Frecuentes desmayos e hinchazón de sus piernas y manos le impedían la necesaria concentración. Tuvo que pedir al desconocido un nuevo plazo de cuatro semanas.
Perseguido por funestos pensamientos, atormentado y traumado porque coincidencialmente tuvo una recaída en su salud, Mozart escribió una página tras otra. El "Requiem Aeternam", el "Dies Irae" el "Kyrie", el "Domine Jesu" y toda la gigantesca visión del Juicio Universal, sin duda algo de lo más sublime que en música haya jamás concebido la mente humana.


En la tarde del domingo 4 de diciembre de 1791, llamó a algunos amigos junto a su lecho; repartió las partituras vocales de la nueva obra, que fue cantada y tocada mientras Mozart, con fatigado gesto, dirigía. Cuando llegaron al "Lacrimosa" Mozart lloró convulsivamente. Luego habló con Süssmayer, su alumno predilecto, a quien le dio instrucciones para completar la partitura. A medianoche perdió el conocimiento. En pleno delirio, intentaba cantar frases del Réquiem; cerca de la una de la madrugada abrió los ojos un momento, sonrió débilmente y murió.
Varios amigos de Mozart visitaron a la viuda y le aconsejaron no despilfarrar el dinero cobrado por el Réquiem en un fastuoso entierro -como quería Constanze-, así que el genio fue sepultado en una modesta tumba.


Aproximadamente veinte años después, un tipo llamado Leutgeb, habitante del pueblo de Stuppach, confesó poco antes de morir que en una ocasión, estando al servicio del Conde de Walsegg, había sido enviado a Viena por su amo para entregar una carta al compositor Wolfgang Amadeus Mozart. El conde, aficionado a la música y extraordinariamente rico, ya había utilizado a Leutgeb en muchas otras ocasiones para entrar en contacto con compositores renombrados y encargarles la composición de nuevas obras. Cuando las partituras terminadas le llegaban, el Conde solía copiarlas de su propio puño y letra y luego las hacía publicar y ejecutar bajo su supuesta autoria. Así, en 1791 había muerto la mujer del conde y éste decidió encargar a Mozart que escribiera un Réquiem. Hacía mucho tiempo que admiraba el trabajo de Mozart, pero no fue hasta enterarse que el músico estaba en bancarrota, que le propuso la creación del famoso Réquiem. Así fue como envió a Leutgeb a Viena para negociar con Mozart.
Después de la muerte de éste fue a ver a su viuda, quien le entregó la partitura del Réquiem.


El conde, como de costumbre, copió cuidadosamente la obra y escribió en su primera página: "Réquiem compuesto por el conde Walsegg"
Dos años más tarde hizo ejecutar la obra en la ciudad de Wiener Neustadt bajo su supuesta autoría, mientras que Constanze Mozart organizó al mismo tiempo una ejecución del Réquiem en Viena, bajo el nombre de su verdadero compositor.
El Conde inició un pleito contra la viuda de Mozart, pero la causa fue sobreseída y Walsegg, disgustado y desilusionado, salió del desagradable asunto vencido y humillado, pero fue él quien provocó la composición de una de las más grandes obras maestras de la música.

Como vemos, no hubo nada de sobrenatural o misterioso en el episodio que llevó a la creación de su última obra. Fue la conjunción de raras circunstancias lo que le dio su toque siniestro al asunto.
Les recomiendo escuchar éste excelente podcast en la Aldea Irreductible, donde se echan por tierra varios mitos creados alrededor de la muerte de Mozart.

Fuentes:
Intimidades de la Historia de Carlos Fisas, Aldea Irreductible, Wikipedia

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